La música resonaba suavemente detrás de él. No la estaba escuchando, pero la melodía seguía tentando su subconsciente. Y aunque su pie zapateaba el suelo ante el ritmo sutilmente invasivo, su mirada estaba lejos. Demasiado lejos para que ni siquiera el horizonte pudiese atraparla.
—¿Pensando? —no había muchas voces que hubiesen podido sacarlo tan repentinamente de aquel ensimismamiento, pero la de su hermana era una de ellas— Últimamente piensas demasiado, Salem.
—Como si fuera el único —replicó, girándose para pegar su espalda a la barandilla de la balconada. Instintivamente, buscó la mirada de Hervira, pero le fue imposible.
La pelirroja tenía los ojos cerrados, los brazos estirados, con el cuerpo atrapado en la espiral que trazaban sus giros. Parecía que no estaba lo suficientemente lejos como para escaparse del embrujo del eco musical. Sin embargo, tal era su soltura al bailar, tan evidentes su dominio y control… cualquiera diría que era la música la que seguía su ritmo y no lo contrario. Con la barbilla alzada, sus cabellos se balanceaban con ternura, chocando suavemente con su espalda a cada movimiento. Parecían una cascada de atardeceres, reluciendo fogosamente entre la festiva lumbre que despedían las ventanas del castillo.
Salem respiró profundamente, sintiendo la tentación de curvar sus labios en una sonrisa divertida. Le gustaba verla así, tan relajada, tan entregada a sí misma.
No obstante, a él no podía engañarlo ni pretendiéndolo. Daba igual lo distraída que pudiera parecer, lo mucho que estaba disfrutando de aquel descanso. Sabía que una parte de ella acechaba desde las sombras de su mirada oculta por sus párpados bajados.
—Yo solo pienso lo justo y necesario —respondió finalmente su hermana. No sabía cómo no se enredaba los pies con la larga falda de su vestido. Talento innato, suponía—. Tú siempre tardaste un poco más en captar las cosas.
El rey entreabrió la boca en una mueca de indignación.
—Eso no es cierto.
—Oh, por supuesto que sí. Pero no es culpa tuya, es cosa de hombres.
Cuando hablaba de aquella forma, no podía evitar que la imagen de su madre se superpusiese fugazmente sobre la figura de Hervira. Pero tan pronto como llegó, el recuerdo de Drellia de Porthios se difuminó en cuanto su melliza se acomodó a su lado. Había dejado de bailar y sus ojos volvían a estar abiertos, fijados en el ocioso interior.
—¿O vas a negarme acaso que no estás dándole vueltas y más vueltas a lo mismo de siempre? —inquirió lapidariamente.
Salem se quedó en silencio. Su único ojo se entrecerró, ocultando parcialmente la extraña sombra que profundizó su tono esmeralda